Chile ha construido, con profesionalismo y consistencia, una reputación internacional como productor de vinos de clase mundial. Desde los valles del norte hasta la zona sur, nuestra geografía diversa y condiciones climáticas privilegiadas han permitido el desarrollo de una industria vitivinícola ampliamente reconocida. Sin embargo, hoy el desafío va más allá de la exportación de botellas: también queremos exportar experiencias.
El enoturismo no solo conecta a los visitantes con el vino, sino también con el territorio, la cultura y la gastronomía del lugar donde se emplazan las viñas. Se trata de una experiencia integral que puede, incluso, generar economía circular en las comunidades, especialmente cuando la cadena de valor es considerada en cada uno de sus ámbitos.
Esto cobra aún más relevancia si consideramos que existen más de 200 viñas abiertas al turismo en el país y que el sector se encuentra en constante crecimiento. Chile se posiciona como un destino enoturístico estratégico, con 15 valles que se extienden entre la Región de Atacama y la Región de La Araucanía, donde la gran mayoría de las viñas corresponde a pequeñas y microempresas, que en 2024 representaban el 24% y el 43%, respectivamente. A ello se suma que en 2025 se estima que 519.446 turistas extranjeros visitaron viñedos en Chile, lo que representa un 21,7% del total de llegadas vía aérea, reflejando el creciente interés por este tipo de experiencias.
Hoy, nuestro desafío es responder a un turista cada vez más exigente, que no solo busca conocer atractivos naturales, sino también vivir experiencias significativas. Esto nos abre una oportunidad única como país, reconocido internacionalmente por su oferta vinculada a la naturaleza y la aventura, y más recientemente por una gastronomía que dialoga directamente con la experiencia enoturística.
El vino es parte de nuestra identidad, junto a otros licores profundamente arraigados en nuestra cultura. A esto se suman hoy experiencias innovadoras que amplían nuestra oferta, como el vino del desierto en la Región de Tarapacá y el vino más austral en la Región de Aysén, reflejando la diversidad y el potencial de nuestros territorios. A ello se suman preparaciones que incorporan ingredientes propios de cada territorio —como el maqui, el calafate o la murta en el sur, y el chañar en el norte— dando cuenta de una riqueza gastronómica diversa que también forma parte esencial de la experiencia turística.
Estoy convencida de que, si fortalecemos la colaboración entre el mundo público y privado, podremos seguir impulsando el enoturismo y otras experiencias a lo largo del país. Chile se vive en cada rincón, y nuestra tarea es desarrollar propuestas que respondan a las expectativas tanto del turista nacional como internacional, poniendo en valor a quienes forman parte de la cadena turística y hacen posible estas experiencias.
En este contexto, mercados prioritarios como Brasil, Estados Unidos y Europa muestran un creciente interés por propuestas auténticas y con identidad, donde el vino puede articular experiencias vinculadas al territorio. Esto abre una oportunidad para integrar productos tradicionales de nuestras macrozonas, como la sal de Cáhuil, el orégano de Socoroma o los frutos del sur y la Patagonia, consolidando una oferta diversa y con sentido de origen.
Por ello, uno de los ejes de nuestra gestión es consolidar el enoturismo y la gastronomía como pilares de la oferta turística de Chile, que se transformen en una dupla ganadora de una nueva experiencia exportable. Nuestro país no solo se visita: se vive y se comparte, promoviendo el desarrollo de las comunidades y generando un impacto positivo en las familias que forman parte de esta cadena de valor.