Enoturismo en Chile: El viaje de la producción a la experiencia estratégica

Claudio Cilveti
Por Claudio Cilveti , Presidente Enoturismo Chile

La relación de Chile con el vino es centenaria, pero nuestra historia como destino turístico es un relato de evolución constante que hoy vive un punto de inflexión. Para entender dónde estamos, debemos mirar hacia atrás: fue en la década de los noventa cuando nacieron las primeras rutas del vino organizadas, marcando un despegue inicial que posicionó a nuestros valles como destinos de visita obligada y abrió las puertas de las bodegas al mundo. Sin embargo, en los últimos diez años, esa semilla original ha germinado en una industria sofisticada, cohesionada y profundamente estratégica que ha sabido transformar el paisaje en un patrimonio vivo.

Si bien aquellos años noventa nos dieron la estructura base, la última década ha sido la de la consolidación técnica y la madurez de una visión común. Gracias a una gobernanza público-privada clara, el sector dejó de ser un esfuerzo aislado de algunas viñas para convertirse en un área de gestión relevante que hoy convive de igual a igual con el área productiva. Esta metamorfosis se refleja con fuerza en las cifras: pasamos de 85 viñas abiertas al turismo en 2016 a 219 en 2024, con el dato revelador de que más de la mitad de ellas iniciaron sus operaciones turísticas apenas en los últimos cinco años. Ya no se trata solo de abrir una bodega; hoy existe un registro oficial, estándares de calidad y herramientas como el Código de Sustentabilidad que garantizan que el crecimiento sea responsable y de clase mundial.

Este nuevo aire ha permitido que las viñas se conviertan en actores vitales de su entorno local. El enoturismo hoy funciona como una vitrina privilegiada para la venta directa y el posicionamiento de marca, pero su impacto más profundo se siente en el territorio. Al atraer visitantes, la viña dinamiza la economía rural: genera empleo especializado, impulsa la gastronomía y fortalece el comercio local. Es un círculo virtuoso donde el éxito de la gestión turística de la bodega se traduce directamente en un soporte para su comunidad, demostrando que el vino es, ante todo, un motor de desarrollo social.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que el enoturismo no es una actividad estática ni un logro ya acabado. Estamos insertos en un mercado globalizado y altamente exigente que nos obliga a una revisión permanente de lo que ofrecemos. El viajero de hoy ya no se conforma con una degustación técnica; busca personalización, compromiso ambiental real y una conexión emocional profunda con el origen. Por ello, el desafío hacia el 2030 no es solo mantener lo construido, sino tener la audacia de innovar y leer las tendencias de un mundo en constante cambio.

Hoy, cuando la industria del vino enfrenta uno de sus ciclos más complejos y desafiantes, el enoturismo emerge no como un lujo, sino como una necesidad estratégica para la resiliencia del sector. El crecimiento futuro de nuestros valles no llegará por inercia ni está garantizado; depende estrictamente de nuestra capacidad para actuar bajo una visión de destino cohesionada. Es el momento de redoblar el esfuerzo colectivo, uniendo a productores, comunidades y al Estado en un compromiso real de colaboración. Solo a través de este trabajo mancomunado lograremos que el valor de nuestra tierra se transforme en la fortaleza necesaria para superar la crisis y proyectar una industria que sea, ante todo, sostenible y motivo de orgullo para las próximas generaciones. El triángulo perfecto entre el vino, el turismo y la gastronomía serán la base del desarrollo promisorio que viene.